Entre la calma y el vértigo.
- Rebeca Bolaños Cubillo

- 31 ago 2025
- 3 Min. de lectura
A cierta edad, la prisa deja de ser atractiva. Ya no me interesa correr detrás de alguien, ni que alguien corra detrás de mí. Lo que busco es la calma de un encuentro que no se disfrace de espectáculo. Esa disposición que puede sostenerse sin ansiedad, que se expresa tanto en la palabra, como en el silencio que se comparten. Me gusta pensar en alguien que se quede, que sepa estar, que entienda que en la presencia también hay ternura. Prefiero la compañía de alguien que entienda que estar presente —de verdad— es un gesto profundo de cuidado.
Me ha sido complicado encontrar alguien que entienda esto, porque a veces confundimos intensidad con excesos, compromiso con cadenas, ternura con debilidad. Por eso me animo sin miedos con alguien que se atreva a desmontar esas trampas, que no tema a la quietud, que entienda que en una conversación pausada también hay profundidad, que en una mirada sin pretensiones también se revela confianza. Un hombre que se quede sin necesidad de prometer eternidades, que sea capaz de reconocer el valor de lo cotidiano.
La fuerza de lo sencillo
Con el tiempo he aprendido a desconfiar de las armaduras. Hay quienes construyen fachadas de seguridad para ocultar sus temores y en ese proceso terminan prisioneros de sus propias máscaras. Prefiero la fragilidad asumida con dignidad antes que la fortaleza inventada para impresionar. La vida me dejó suficientes cicatrices como para buscar ahora más heridas disfrazadas de promesas, ahora lo que importa es cuidar lo pequeño: una palabra sincera, un gesto de consideración, la ternura sin condiciones.
La fuerza está en lo sencillo: en la palabra que no hiere, en la transparencia con que una persona se sienta a conversar sin necesidad de adornar lo que piensa. Lo importante se cultiva en lo pequeño: en el respeto que no se negocia, en la complicidad que se alimenta con gestos, en el cuidado que se demuestra sin necesidad de decirlo.
La verdadera grandeza está en la capacidad de sostener la intimidad sin miedo, o de superar el miedo a mostrarse vulnerable. Ahí, en esa honestidad despojada de artificios, es donde encuentro la fuerza que me atrae. Una fuerza tranquila, sin gritos, ni conquistas, que se revela en la coherencia de lo que se hace.
Atreverse
Lo que permanece es lo que se cuida día a día: la escucha, el respeto, la complicidad. Lo curioso es que, después de todo, todavía conservo el deseo de abrir la puerta a algo así. Podría parecer un acto ingenuo, pero no lo es. No se trata de soñar con lo eterno, ni de imaginar futuros escritos en piedra; se trata de atreverme a lo inmediato con claridad, de permitir que lo verdadero encuentre un espacio donde crecer sin imposiciones. A estas alturas, atreverme no significa lanzarme al vacío con los ojos cerrados, sino elegir con calma aquello que vale la pena, y tener la entereza de saber esperar.
Atreverme es dejar que lo cierto, lo cálido y lo sencillo tengan lugar en mi vida, incluso si el mundo insiste en acelerar. Es una insinuación: la manera discreta de recordar que todavía creo en la posibilidad de un vínculo cuidado, transparente, capaz de sostenerse en lo pequeño. No necesito fuegos artificiales, ni juramentos solemnes. Prefiero la honestidad de alguien que se acerque sin máscaras, que pueda quedarse sin miedo -o a pesar de sus miedos- que entienda que lo verdaderamente valioso no necesita ruido para existir.
Quizá de eso se trate ahora: de inspirar sin declarar, de abrir la puerta sin anunciarlo, de reconocer que aún hay espacio para lo verdadero. Y, en medio de esa discreción, descubrir que todavía me atrevo.







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